Cuando escribí el primer borrador de lo que hoy es Somos Arcanos: Recuerdos perdidos, pensé mucho en cómo iba a narrar esa historia. Me decidí por la primera persona, también que iba a ir rotando los narradores, porque quería que todos los personaje pudieran dar su visión del asunto.
Al mismo tiempo, sentí que tenían que hacerlo en tiempo presente, porque era más instantáneo quería que los lectores experimentaran lo que le estaba pasando al personaje, como si estuvieran dentro de su consciencia. Más adelante, se me revelaría una razón más trascendental para narrarla en primera persona en presente.
La primera vez que lo llevé a un taller literario, con apenas 18 años, me dijeron que estaba mal. Que tenía que narrar la historia en tercera o en primera persona, siempre en pasado.
No les hice caso.
A pesar de que tenía mis momentos de inseguridad, creía con el alma en lo que estaba haciendo. Cada tanto, rogaba por encontrar algún referente, otro libro escrito así.
Pasó mucho tiempo, hasta que, más o menos a mis veintitrés años, encontré un libro que llamó mi atención. Fábulas Invernales, de Carlos Gardini. En la portada había una figura abrigada, rodeada por un viento helado.
Lo abrí, leí las primeras líneas, y allí estaba: mi amada primera persona en presente. Aunque probablemente de cualquier forma iba a seguir con mi idea, encontrarlo en otro autor fue inspirador.
Hoy existen muchísimos libros escritos en primera persona en presente, con múltiples narradores. Lo primero que se me viene a la cabeza es la trilogía de Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. ¿A ustedes se le ocurren algunos?
Lo más importante de todo esto fue que aprendí a ser fiel a mis propuestas artísticas, porque al fin y al cabo son las que me movilizan como escritor.



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